Feministas de equidad y feministas de género

Feministas de equidad y feministas de género

Las personas suelen estar de acuerdo en que algunas ideologías debilitan la democracia mientras que otras la fortalecen. Para las personas razonables, ejemplos extremos del primer caso son el fascismo y el comunismo; del segundo, el republicanismo y el liberalismo. Sin embargo, las personas irrazonables, que entienden la democracia como un mecanismo para darle todo el poder a la mayoría (real o imaginaria), tal vez nieguen la pertinencia de estos ejemplos. No podemos refutar esta respuesta porque supone una definición no compartida de democracia, pero sí podemos contestar que si el fascismo y el comunismo son ideas democráticas, entonces nosotros estamos a favor de la dictadura republicana y liberal.

También hay ideologías que son más difíciles de posicionar o simplemente no encajan bien en el esquema, puesto que pueden estar presentes tanto en una democracia como en una dictadura. Es el caso de muchos paradigmas económicos relacionados con el punto de equilibrio entre eficiencia y equidad. Pero el debate más interesante lo plantean los movimientos que abarcan muchas ideologías sustancialmente diferentes. Es lo que sucede con el feminismo.

Por lo general hablamos de cuatro olas feministas. En Estados Unidos, la primera ola va de la convención de Seneca Falls en 1848 hasta la ratificación de la 19ª Enmienda en 1920. Dio a las mujeres los derechos al voto, a formar parte de los jurados, a tener propiedades dentro del matrimonio, a divorciarse y a recibir una educación. Después, en los años 70, la segunda ola llevó a las mujeres al mundo profesional, cambió la división del trabajo en el hogar, desveló la discriminación sexista en las empresas, el Gobierno y otras instituciones y dirigió la atención hacia los intereses de las mujeres en todos los ámbitos de la vida.

Sin embargo, como más recientemente las activistas de la tercera y la cuarta ola se han opuesto a la tradición liberal de las dos primeras y se han aliado con los posmodernistas para promover la “deconstrucción” de las sociedades occidentales, es necesario buscar una distinción más util que esta de las olas. Ella ya existe. La propuso en 1994 la filósofa Christina Hoff Sommers. Distinguió entre el feminismo de equidad, que es el que intenta erradicar la discriminación sexual y otras formas de injusticia contra las mujeres, y el feminismo de género, que es el que denuncia que las mujeres permanecen esclavizadas por un sistema omnipresente de dominación del macho, que los bebés nacen bisexuales y son transformados en personalidades de género dispuestas a mandar y obedecer, etcétera.

Quizá la diferencia sustancial que existe entre estos dos feminismos se entienda mejor si se la equipara con las que se dan entre conservadores y fascistas o entre socialdemócratas y comunistas. En el fondo, todas estas dicotomías responden a la distinción fundamental entre personas razonables e irrazonables (o, si se quiere, entre cuerdos y fanáticos). Para las personas razonables, la política consiste en la búsqueda de un consenso que concilie nuestros intereses con los de los demás; para las irrazonables, en cambio, la política es un medio para lograr un objetivo. En el primer caso, la política se entiende en el sentido de diálogo y los medios importan más que los fines; en el segundo se habla de lucha y el fin tiene prioridad sobre los medios.

El objetivo de las personas irrazonables varía con el tiempo y el lugar: puede ser la quema de herejes, la desaparición de los burgueses, la solución final al problema judío o la conquista de naciones más pequeñas. Pero estos son casos extremos. Hay objetivos menos drásticos, como los de los libertarios o los separatistas escoceses. En esta última categoría, pero con mucha más fuerza y extensión, entra el objetivo de deconstrucción del feminismo de género.

Pero antes de criticarlo hay que decir algo de su hermana mayor, la teoría de género. Se ha extendido el uso del término “estudios de género” para hablar de ella, pero esta expresión trata de esconder dos cosas: una, el carácter acientífico de esos “estudios”, y otra, su pretensión ideológica. Si los estudios de género son científicos, entonces deben contar con un conjunto de hipótesis susceptibles de ser falsadas; si sus hipótesis no son falsables, entonces esos estudios no son científicos. Y si no son científicos, entonces solo pueden ser charlatanería o ideología.

Una de las filósofas de género más importantes es Judith Butler. Su “hipótesis” principal —en realidad una expresión oracular — propone que “el sexo no existe más allá de los poderes y discursos que se ejercen sobre él”. Es interesante notar, antes que nada, que la proposición es contradictoria: para que puedan ejercerse poderes y discursos sobre el sexo, este debe existir de antemano. Más notorio todavía es que la idea choque contra la pared de la biología y el sentido común y simplemente haga marcha atrás para seguir como si no hubiera pasado nada. Lo que ocurre es que la hipótesis no se puede falsar porque Butler le ha cerrado de antemano la puerta a la evidencia.

En todo caso, si uno quiere ser generoso puede no tomar las cosas al pie de la letra y suponer que la pretensión es que el sexo no condiciona la conducta (esto es, de hecho, lo que dicen muchas feministas de género, pero no Butler y la comunidad queer). Pero la conclusión no cambia: la opción B también es falsa. Durante los últimos 40 años, una multitud de estudios ha demostrado que las hormonas y los genes sexuales influyen (y mucho) en el comportamiento humano. Y la verdad es que no había muchas razones para esperar otra cosa: lo mismo les pasa a los demás mamíferos.


¿Pero qué importa todo esto? ¿Realmente tiene sentido distinguir dentro del feminismo? ¿No deberíamos preocuparnos por hacer algo contra la injusticia sexual, en lugar de criticar a las feministas más alocadas? La respuesta a estas preguntas está en la distinción entre lo razonable y lo irrazonable. La historia nos demuestra que solo la democracia puede otorgar derechos igualitarios, al tiempo que nos advierte que la supervivencia de la democracia depende, a su vez, de que las personas razonables sean mayoría.

Por eso el feminismo de equidad, el feminismo razonable, es tan importante. Al ser una doctrina moral sobre la igualdad de trato, no necesita comprometerse con ninguna de las afirmaciones extravagantes sobre los sexos que hace gente como Butler. Y como no necesita esos compromisos, puede aprovechar las ideas acerca de la naturaleza humana que sostienen las personas razonables, en particular aquellas que han descubierto la genética conductual y la psicología evolutiva. Con el feminismo de género ocurre al revés: a causa de que su compromiso es más ontológico que moral, cualquier pensamiento que cuestione sus doctrinas choca contra la pared del fanatismo, incluso cuando es verdadero.

No es que las feministas de género vayan a voltear al Gobierno, someter a los hombres o establecer una Gran Hermana omnipotente y omnipresente. Muy por el contrario, a quienes las feministas de género perjudican es a las demás mujeres (y a muchos niños cuyo sexo no está bien definido por alguna razón). Si tomamos una decisión basándonos en una idea falsa, la decisión será mala. Y toda o casi toda la teoría de género es probadamente falsa.

Aceptar las diferencias biológicas que existen entre hombres y mujeres no implica aceptar las desigualdades entre ellos ni creer que los unos son mejores que las otras. De hecho, si lo que queremos es eliminar esas desigualdades, lo primero que tenemos que hacer es entender esas diferencias. Una vez que tengamos lo bastante claro cuáles son las tendencias naturales de hombres y mujeres, vamos a poder decidir qué es lo que tenemos que hacer para que exista una plena igualdad en la diferencia.

Hernán Miranda

Hernán Miranda

Periodista y ejecutivo especializado en gestión estratégica y narrativa organizacional.