Contra la filosofía sádica

Contra la filosofía sádica
Hemos llegado ya al punto en que la loa a la racionalidad se considera como señal de que un hombre es un viejo oscurantista, lamentable sobreviviente de una era pasada

—Bertrand Russell, Ensayos impopulares

La gente práctica suele subestimar a los filósofos y considerarlos, en el mejor de los casos, inútiles muy sofisticados. Esta imagen no es nueva (en Las nubes, hace casi 2500 años, Aristófanes nos describió a Sócrates como un charlatán loco) e ignora el papel que las ideas juegan en el mundo real. Nuestra conducta se conecta con nuestro pensamiento por un camino de ida y vuelta, y los hechos de nuestras vidas y de la historia dependen en gran medida de esa relación.

Entonces, aunque aparezcan aislados en sus cátedras y dé la impresión de que son intelectuales de museo, los filósofos muchas veces pueden afectar la forma en la que muchísima gente se comporta —y, por lo tanto, también los acontecimientos—. Por ejemplo, una discusión aparentemente inofensiva sobre nuestra capacidad de conocer la realidad puede derivar, con el transcurso de las décadas y los siglos, en teorías políticas y morales muy influyentes. O al revés: una práctica política o una postura moral pueden convertirse, bien formuladas, en principios sobre el Gobierno o la justicia. De manera que la filosofía, aun cuando pueda ser un campo propicio para la masturbación mental, siempre ocupa un lugar de primera línea a la hora de planear o justificar acciones.

Esta conexión entre el pensamiento y la conducta es más evidente en otras disciplinas. Cualquiera intuye que la forma en que un Gobierno afronta un determinado problema económico depende de la orientación intelectual de sus miembros. Así, un ministro de Economía ortodoxo se ocupará de la inflación disminuyendo la impresión de dinero y subiendo las tasas de interés, mientras que un heterodoxo probablemente lo hará con controles de precios y medidas para estimular la competencia. En estos casos, la mayoría de las personas estará de acuerdo en que el trabajo de los economistas académicos influye en la práctica política.

En el mundo tecnológico la interacción es más clara todavía: su desarrollo depende casi completamente del de la ciencia. Pero no ocurre así en el caso de la filosofía. Hasta hace más o menos un siglo, los filósofos políticos y morales todavía conservaban sus reductos en la consideración de los encargados de tomar decisiones, pero ahora les han cedido la posta a politólogos, psicólogos y otros científicos sociales. Y, de hecho, mientras la relación entre ideas y acciones sobreviva sin los filósofos, su lugar en la sociedad contemporánea parecerá fácil de cuestionar. Hoy no sería sorprendente enterarnos de que muchos ciudadanos no sentirían ningún remordimiento si tuvieran que condenarlos al desempleo y la reconversión profesional.

Sin embargo, no es cierto que los de las filosofías política y moral fueran los últimos enclaves de la disciplina en el mundo que empieza al salir de la facultad de humanidades. La filosofía contemporánea modela el pensamiento de muchas personas que tienen poder o aspiran a tenerlo; lo que sucede es que esta es una filosofía muy distinta a la que nos legaron los griegos.


Acostumbrados como estábamos a pensar en la filosofía como la disciplina racional por excelencia, de pronto nos encontramos ante una filosofía que reniega de la razón y exacerba el sentimiento. Los filósofos actuales suelen ser ególatras, bohemios y radicales —tontos, fraudes y fanáticos, dice Scruton— y no tener ningún interés en las disciplinas que, como la lógica, la epistemología o la filosofía de las matemáticas, requieren que usemos a fondo nuestro raciocinio. Por el contrario, la mayoría se extravía en mamotretos ilegibles sobre el poder o el sexo y niega la validez del principio de no contradicción.

Con este lente se vuelve muy comprensible que la gente práctica considere la filosofía como un lujo inútil. De hecho, muchas veces la defensa de la disciplina consiste en decir que ella no es útil pero sí necesaria, o sea, que forma parte de las cosas que hacen la vida digna de ser vivida —lo que la ubicaría, según este razonamiento, junto a la literatura y las artes—. Pero este recurso sentimental no se sostiene. Como poca gente cultiva la filosofía, habría que deducir que la mayoría de las vidas no son dignas de ser vividas. Esto pondría en contra de la disciplina a cualquier persona práctica que aprecie su vida, a pesar de que lo que el argumento quería era exactamente lo contrario.

En realidad, lo que ocurre es que el hecho de que la filosofía se haya vuelto irracionalista y sentimental no tiene nada que ver con su utilidad. El posmodernismo, que es la corriente filosófica dominante hoy en día, está detrás de muchos de los acontecimientos que han trastornado Occidente en los últimos años: la teoría de género y el populismo de izquierda, por ejemplo, son productos típicos de la posmodernidad. Sus defensores citan a Nietzsche, Lacan, Derrida y Butler, entre otros, mientras ganan elecciones, reforman constituciones, modifican los programas educativos y tratan, en general con poco de éxito, de redistribuir la riqueza. Ante estos hechos, ¿tiene sentido seguir subestimando a los filósofos? ¿De verdad es una buena idea continuar considerándolos inútiles muy sofisticados?


El cuadro es, por lo tanto, asimétrico: de un lado, los dibujos perfectos de Miguel Ángel; del otro, las imágenes surrealistas de Dalí. En el caso de las pinturas, es difícil juzgar si las del primero son mejores que las del segundo, o viceversa, pero no ocurre lo mismo en filosofía, donde deberíamos recurrir al juicio inapelable de la razón. Esto quiere decir que si la filosofía tiene influencia en nuestras vidas, entonces tendremos que decidir racionalmente qué filósofos merecen nuestra atención.

Por lo tanto, deberíamos poder elegir entre dos alternativas: una es la filosofía sádica de los posmodernos, que está dispuesta a destruirlo todo; la otra es la filosofía racionalista de la Ilustración. Pero el problema en este punto es que los filósofos posmodernos niegan que la razón sirva para encontrar la verdad. En su lugar, proponen acudir a los sentimientos: Kierkegaard, por ejemplo, pedía que nos guiemos por el temor religioso, y Heidegger exigía que aceptáramos la angustia y escapáramos de las ilusiones de la razón. Algo más adelante Foucault recurrió a la nietzscheana voluntad de poder y la encontró en todas las elecciones humanas. Así, en este último autor la filosofía sádica alcanzó su clímax: con él ya no solo no tenemos la razón, sino que tampoco tenemos el temor, la angustia, el amor, el deseo de justicia ni ninguna otra cosa. El único motivo que nos queda es el poder, y casi siempre el poder maligno.

Sin embargo, basta con acudir a las neurociencias para demostrar que nuestro cerebro ha evolucionado para tener otras motivaciones distintas a las del poder —la atracción sexual, el amor filial, el deseo de justicia, el miedo, la ira, la tristeza—. Más importante todavía es que los trabajos sobre los mecanismos sensoriales del cerebro también refutan la base filosófica del posmodernismo, que es la afirmación de que no podemos tener acceso sensorial ni racional a la realidad. Podíamos perdonarle esta confusión a Kant, pero no podemos aceptarla ahora que sabemos cómo funciona la mente.

Así, puesto que las neurociencias han inclinado la balanza a favor de la capacidad de la razón para encontrar la verdad, lo cierto es que los discursos relativistas de los posmodernos son simplemente falsos. Los hechos alternativos, como se les suele llamar, no existen. No es verdad que el poder sea la única motivación humana, o que no haya ninguna diferencia entre los sexos, o que la validez de una teoría científica dependa de su tiempo y su lugar. Por consoladoras que puedan resultar para muchos las teorías posmodernas, las personas honestas solo pueden rechazarlas de la misma manera en que rechazan las teorías conspirativas sobre la Tierra plana o las visitas extraterrestres a la Casa Blanca.


¿Qué le quedaría a la filosofía si los posmodernos fueran despojados del poder? ¿Sería el fin? ¿Las ciencias se alzarían con todo el poder académico? Ninguna de estas preguntas tiene mucho sentido. La ciencia y la filosofía pueden trabajar codo a codo. La lógica y la epistemología son los campos en que esto ocurre con más obviedad, pero basta que un filósofo tenga una fuerte inclinación por la verdad para que pueda colaborar con la ciencia: fueron Voltaire y Russell los encargados de divulgar las complicadas teorías de Newton y Einstein.

Pero fuera de la ciencia también hay lugar para los intelectuales sanos que rechazan las falsedades del posmodernismo. La tradición liberal, que podemos remontar hasta Protágoras (en el siglo 5 antes de Cristo), casi siempre ha sido defendida por filósofos: Locke, Montesquieu y Rawls, por citar a algunos, fueron filósofos. Y aunque no hayan sido profesionales de la filosofía, los Padres Fundadores de los Estados Unidos acudieron a la filosofía cuando en El Federalista tuvieron que defender su constitución liberal.

Una filosofía que busque los ideales de verdad, bondad y justicia es posible. Siempre lo ha sido. Pero cuando predominan las creencias en la inutilidad y la estupidez de los filósofos solo puede haber un ganador: el posmodernismo, la filosofía sádica. Por eso comprender la relación entre las ideas filosóficas y nuestro comportamiento es esencial si lo que queremos es una sociedad más razonable y justa.

Hernán Miranda

Hernán Miranda

Periodista y ejecutivo especializado en gestión estratégica y narrativa organizacional.