En defensa del pluralismo

En defensa del pluralismo

Es necesario recuperar la idea democrática de pensamiento plural para oponerla a la idea totalitaria de diversidad

Tengo en mi biblioteca un libro sobre Jefferson que se titula Campeón del pensamiento libre. Lo leí en la época de la facultad, cuando cursaba Filosofía Política y también leía El Federalista. Jefferson y los tres autores de esa colección de ensayos me introdujeron en la idea del pluralismo, que encontré muy superior al intelectualismo castrense de los panfletos totalitarios de Platón y sus seguidores. Ahora me gustaría usar esa idea para poner en cuestión los méritos de otra que pretende ser muy parecida: la de diversidad.

Hay que decir antes que nada que la tradición del pensamiento plural, que empieza con Protágoras, tiene hoy muy pocos seguidores. (La loa a la racionalidad, dice Russell, es una señal de que un hombre es un viejo oscurantista, lamentable sobreviviente de una era pasada). Basta con pasar por una facultad de filosofía, donde ni siquiera las cátedras de lógica están a salvo del ataque: todo el sistema de pensamiento occidental, desde el cine infantil hasta la literatura científica, se encuentra infestado por la idea de diversidad.

“Infestar” es una palabra eminentemente sartriana, probablemente la que resume mejor lo que él dice en La náusea y El ser y la nada. Infestar es parasitar, invadir a un ser vivo para devorarlo por dentro y multiplicarse en él. Es lo que hace la nada en el mundo cuando Antoine Roquentin toma conciencia de ella, y es lo que ha hecho la idea de diversidad al surgir desde dentro del pensamiento plural, de su meollo. Porque si esta idea pretende ser muy parecida al pluralismo, es porque solo podía nacer en un ambiente donde él fuera el rey.

(Y ahora, si muriese el rey, solo nos quedaría gritar: “¡Viva el rey!”).

En todo caso, la principal diferencia entre la diversidad y el pluralismo es que la primera es unívoca. Con la diversidad, es deseable que varíen el color de piel, el sexo y otras características de las personas, pero no lo es que lo haga el discurso —en realidad una neolengua orwelliana—. Asistimos así a un colorido desfile en el que suena una única y monótona canción. Un ejemplo caricaturesco de esta pretensión de univocidad son los cambios introducidos en algunas obras literarias para no afectar a “lectores sensibles” [sic].

Con el pluralismo ocurre lo contrario: no importa quién o cómo lo dice, sino si lo que dice es verdadero o falso. El abanico de voces se amplía al máximo, puesto que todos tienen el mismo derecho a hablar y todos están dispuestos a escuchar. Aunque en realidad esto último no sea cierto, y esa sea la razón por la que el pluralismo siempre se haya sacrificado en su propio altar: su historia es la del siglo que empieza con Voltaire y termina con Robespierre. Es el conocido resultado de tolerar a los intolerantes, algo que los pluralistas, si queremos ser fieles a nosotros mismos, no podemos evitar.

Lo que quiero argumentar ahora es que, en nuestra época, la mayor amenaza en contra del pluralismo la constituye la idea de diversidad. Si la historia se define, como quería Gramsci, en las luchas culturales, entonces no deberíamos preocuparnos demasiado por los Trump y los Bolsonaro: hace tiempo que la extrema derecha perdió la batalla cultural. Las de Occidente son sociedades cada vez más secularizadas, donde las iglesias ya no tienen el poder que tenían. Pero esta secularización no ha implicado el avance de la razón y la tolerancia. La nueva deidad, la diosa Diversidad, es eminentemente irracional e intolerante (y se enorgullece de eso).

Cualquiera que haya estado en contacto con los intelectuales posmodernos más importantes, como Judith Butler o Slavoj Zizek, debería entender de qué estoy hablando. Las ininteligibles definiciones del género de la primera y los desvaríos lacanianos del segundo están en la vereda opuesta a la del espíritu que inspiraba a Voltaire. Pero la diversidad no es solo filosofía enloquecida: es un modo de ver el mundo y posicionarse en él que aspira a autocratizarlo todo desde —y esta es la novedad— la sociedad civil. El Estado no es su herramienta, aunque pueda utilizarlo de vez en cuando.

En este sentido, es notorio que la mayoría de las películas del catálogo clásico de Disney+ exhiban, al comienzo, esta leyenda:

El siguiente programa muestra maltrato o representación negativa de personas o culturas. Tales estereotipos no eran correctos en aquel entonces ni lo son ahora. En lugar de eliminar dicho contenido, queremos reconocer su impacto perjudicial, aprender e invitar al diálogo para crear entre todos un futuro más inclusivo.

Disney se compromete a crear historias con temas inspiradores y motivadores que reflejen la rica diversidad de la experiencia humana en todo el mundo.

Este mensaje, absurdo en mi opinión, aparece antes de ver Los aristogatos, una historia que cualquier mente sana calificará de inofensiva. En él, lo que más me llama la atención es el reconocimiento de que Disney ¡se planteó la posibilidad de eliminar el contenido! No quiero hacer comparaciones con los nazis, pero no puedo evitar que todo esto me recuerde un poco a la quema pública de libros. Y, en todo caso, no deja de parecerme repugnante la idea de que existe una élite de iluminados capaz de diferenciar el arte encomiable (diverso, digamos) del arte corruptor.

Como este de Disney hay muchos otros ejemplos. Todos muestran que el principal objetivo de los promotores de la idea de diversidad no es el Estado sino la sociedad civil. Muy especialmente, les interesa el poder cultural, y en este sentido su estrategia no está lejos de la de la Iglesia medieval. Hay que llevar la diversidad a las escuelas, el cine y los libros, pero para hacerlo es necesario erradicar el pluralismo. No es algo muy distinto a lo que ocurrió en Roma a partir de la oficialización del cristianismo.

La cancelación es la táctica por excelencia de quienes llevan adelante esta estrategia. En la medida en que ella sea impuesta con éxito, será probable que los cultores de la diversidad ganen la batalla cultural y el pluralismo caiga en el olvido. Pero este no es el resultado inevitable del proceso. El pluralismo sobrevivió a los grandes propagandistas del siglo XX: todo el aparato ideológico de la Unión Soviética no pudo con él. ¿Por qué tendría que destronarlo un movimiento de anarquistas trasnochados?

A mí me parece que la diversidad, en un sentido más liberal de la palabra, es compatible con el pluralismo, que incluso es su resultado más deseable. Pero el sentido que se ha impuesto no es liberal sino agonista y totalitario. Pretende colonizarlo todo, imponerse a todas las ideas que intentan refutarlo. Por eso me parece que si todavía estamos interesados en las libertades de expresión y pensamiento, debemos rebelarnos contra la idea de diversidad. Debemos oponerle otras ideas y contradecirla allí donde está errada. Debemos defender a los grandes artistas del pasado y el presente de la cancelación y el ostracismo. Debemos recrear un sistema científico y filosófico donde reinen las preguntas y abunden las respuestas más disímiles.

Debemos elevarnos hasta ser, como Jefferson, los campeones del pensamiento libre.

Hernán Miranda

Hernán Miranda

Periodista y ejecutivo especializado en gestión estratégica y narrativa organizacional.