Las cancelaciones y la mentalidad modernista
La tolerancia no ha provocado nunca ninguna guerra civil; la intolerancia ha cubierto la tierra de matanza.
—Voltaire
La nota central de La Nación Revista del último domingo es una entrevista a Axel Kuschevatzky, un productor de Hollywood. Sobre el final del artículo, la periodista le pregunta cómo se lleva “con la cancelación que sobrevino al #MeToo”. Él contesta: “[…] Pienso que no se puede cargar de significados contemporáneos a obras que tienen 50 años, porque están hechas en otro mundo, y hay que entenderlas como una extensión de esos mundos. En todo caso, si hay algo que condenar, es el contexto, no la película. No sé si me voy a enojar con una película de 1954 porque era machista; me parece que tengo que enojarme con el mundo machista de 1954. Estoy seguro de que quien vio por primera vez Volver al futuro en los 80, nunca pensó que la escena en que la mamá de Marty McFly mira a su hijo en calzoncillos y le gusta, hay un gesto incestuoso…”.
Cito con tanta extensión a este productor, a quien por lo demás desconozco, porque me parece que su tipo de pensamiento, aunque a primera vista pretenda condenar las cancelaciones, en última instancia les da una base sólida. Sin embargo, antes que nada quiero hacer notar que la cancelación —un intento de censura ejercido por la sociedad civil— hasta ahora ha tenido dos blancos: muchas obras de arte del pasado, sobre todo del siglo XX, y algunos artistas e intelectuales contemporáneos, como Kevin Spacey o Camille Paglia. Así, como muchos de los canceladores han dado, de hecho, en los blancos, ahora debemos leer atentamente un cartel de advertencia sobre la maldad de la esclavitud antes de ver Lo que el viento se llevó (HBO), tomar precauciones para no sentirnos ofendidos y molestos por el contenido de 1984 (Universidad de Northampton) o acompañar el reclamo de los empleados de Hachette que se negaron a editar el último libro de Woody Allen. (Dejo de lado casos como el de la reciente prohibición de la novela gráfica Maus por la Junta Escolar de Tennessee, ya que quiero distinguir la cancelación de la censura lisa y llana).
En estos dos tipos de cancelación suele ser recurrente la creencia en la superioridad moral del siglo XXI, sobre todo en la de la última década: conforman, por lo tanto, un fenómeno principalmente progresista (aunque esto no implica que no existan cancelaciones reaccionarias). De hecho, pienso que hay dos ideas de la cita del comienzo que sostienen este punto de vista. La primera nos dice que no tenemos “que cargar de significados contemporáneos a obras que tienen 50 años, porque están hechas en otro mundo” (aunque sí podemos, claro está, condenar ese mundo con los significados contemporáneos). Aquí está implícita la convicción de que la época que nos toca vivir es moralmente superior a todas las anteriores. Me parece adecuado llamar mentalidad modernista a esta pretensión, rescatando un término de Bertrand Russell.
La segunda idea, relacionada con la anterior pero bastante tonta en mi opinión, es la referencia a la primera película de la saga Volver al futuro: el “gesto incestuoso”, como dice Kuschevatzky, no le puede haber pasado desapercibido a nadie que haya entendido la película, ya que el gesto incestuoso es el chiste y buena parte de la trama. Así, lo que este portavoz del progresismo de Hollywood no comprende es que en 1985 se sabía tan bien como ahora que el incesto no es una conducta sexual normal, pero no había tanta gente entusiasmada con la idea de condenar al ostracismo a la cultura políticamente incorrecta. (Lo que sí había, por otra parte, era más y mejor sentido del humor).
De esta manera, la condena del pasado en cuanto pasado y la creencia en la ceguera moral de los viejos artistas y espectadores son dos de las actitudes que conforman la mentalidad modernista y están detrás de las cancelaciones, sin importar que las sostengan personas que no se animan a apoyar a los canceladores abiertamente. A mi juicio, las dos actitudes son racionalmente insostenibles. Para defender la creencia en la ceguera moral de los viejos artistas y espectadores, es necesario argumentar que se encontraban limitados por los prejuicios de su época, lo que puede ser muy cierto pero nos lleva a un callejón sin salida. Bajo este supuesto, no hay ninguna razón para pretender que nosotros no estamos cegados por los prejuicios de nuestra época y eventualmente expuestos, por lo tanto, a la condena de nuestro mundo con los parámetros del pasado o del futuro. Así, si sostenemos la mentalidad modernista, ella terminará volviéndose en nuestra contra.
Un progresista podría replicar aquí que él se halla libre de prejuicios porque los ha analizado uno a uno hasta despojarse de ellos. Por lo tanto, habría una vanguardia de los desprejuiciados en posición de juzgar las “representaciones culturales anticuadas”, para usar un término sacado de las advertencias de Disney. Sin embargo, esta pretensión opera de manera similar a como lo hace el psicoanálisis, puesto que cada vez que intentemos llamar la atención sobre alguna conducta del progresista, él podrá contestarnos que nuestra visión está nublada por nuestros propios prejuicios (o sea, podrá acudir al concepto freudiano de proyección, que es infalsable). En consecuencia, la mentalidad modernista tiene dos opciones: o bien admite su relativismo moral y se abstiene de hacer juicios morales, o bien se refugia en el irracionalismo. Creo que poca gente admitiría la primera postura y que la segunda nos lleva a más y más cancelaciones.
Por su parte, la condena del pasado en cuanto pasado solo es plausible si admitimos algún sentido de la historia, es decir, si hacemos nuestra alguna filosofía que afirme que la humanidad se dirige hacia un fin determinado. Una vez elegido el fin, podremos mostrar que las normas y conductas actuales que nos parecen encomiables son una prueba de ese supuesto sentido, lo que a su vez justificará la cancelación y la censura de los enemigos de la historia. Pero esta pretensión tiene muchos problemas. En primer lugar, muchas filosofías (Platón, Cristo, Hegel, Marx) ya han anunciado sin éxito muchos fines distintos, por lo que no parece haber razones para creer en los nuevos profetas. En segundo lugar, sí hay razones (y muy buenas) para creer, basándonos en nuestros conocimientos biológicos y astronómicos, que la existencia del ser humano es una casualidad y que, por lo tanto, la historia no tiene por qué progresar moralmente. Y en tercer lugar, el estudio de la historia nos muestra que ella es un vaivén de justicias e injusticias y que también lo es el mundo en una misma época. Basta pensar en la Grecia clásica: mientras en Atenas crecía el movimiento en favor de la democracia, la abolición de la esclavitud y la igualdad de hombres y mujeres, Esparta fortalecía su militarismo y su sistema de castas.
De esta manera, las cancelaciones solo pueden sostenerse sobre una concepción irracionalista de la moral, según la cual existen iluminados capaces de distinguir el arte encomiable del arte corruptor. Esta es una idea intolerante y paternalista, y creo que rechazarla es nuestro deber si queremos que sobrevivan los derechos que, por lo menos a algunos de nosotros, nos son más caros: me refiero a las libertades de pensamiento, expresión y conciencia. En lugar de intentar censurar las obras que expresan cosas que no nos gustan y a las personas que despreciamos, deberíamos defenderlas: no vaya a ser que en el futuro a otros más progresistas e iluminados que nosotros se les ocurra cancelar las obras de los canceladores.
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