María Elena en el País de las Maravillas
En sus más secretas fantasías de la niñez, María Elena Walsh se veía cantando y bailando en una de las maravillosas comedias musicales que admiraba en el cine, como las de Ginger Rogers y Fred Astaire. Oía de su papá, un ferroviario inglés, las historias y los cuentos de las ciudades y las navidades de Dickens, y correteaba risueña a la par del tren de Ramos Mejía, donde entre los árboles y las gallinas quizá ya nadaba el pájaro y volaba el pez. Y también tal vez ya tarareaba las canciones infantiles que empezaba a rumiar en su imaginación.
Un poco después, en la Escuela de Bellas Artes, llenaba los diarios que llenaban todas las adolescentes y escribía las poesías que solo escribían las contadas adolescentes como ella. Su primer poema, Elegía, apareció en la revista Hogar cuando tenía apenas 15 años y recibió el estímulo de una gente mayor muy importante que promovió su primer libro, Otoño imperdonable, publicado dos años más tarde. El mismísimo Juan Ramón Jiménez, que luego ganaría el Premio Nobel, pensó que estaba ante el descubrimiento poético de la década y se la llevó a la Universidad de Maryland, donde solo pasó cinco meses pero descubrió a Emily Dickinson, Amy Lowell y, sobre todo, Lewis Carroll.
Él se llamaba en realidad Charles Lutwidge Dodgson y fue muchas cosas además del inventor de Alicia en el País de las Maravillas: diácono anglicano, matemático y fotógrafo (paradójicamente, en Wikipedia lo encontramos como lógico). Cambió de nombre en 1856, cuando publicó un poemita romántico, Solitude, con el seudónimo que lo sobreviviría. Era tartamudo, sordo de un oído y bastante tímido, aunque no con los niños. A los 30 años sus mejores amigas eran las hijas del capellán de la iglesia de Oxford, Lorina, Alice y Edith, a las que llevaba a pasear en bote por el Támesis.
En uno de esos paseos fue que se le ocurrió el, digamos, argumento de su primer libro infantil. Mientras él improvisaba una narración para las niñas, Alice se entusiasmó con la historia y le pidió que la pasara por escrito. Carroll se puso manos a la obra esa misma noche con la única intención de hacerle un regalo a su pequeña amiga, que tenía 10 años. El resultado fue un librito ilustrado por él mismo, Las aventuras subterráneas de Alicia. Faltaba un tiempo, sin embargo, para que ella llegara al País de las Maravillas.
Entretanto pasó un siglo y Walsh sí llegó a su País de las Maravillas: Francia. Su papá había muerto en el 47, la situación bajo el peronismo la angustiaba terriblemente y sus amigos le aconsejaron irse a París, donde, muy joven y muy inconsciente, supuso que iba a vivir de dar clases de español. Pero allí conoció a la folklorista tucumana Leda Valladares. Se alojaron en el hotel más croto que encontraron, el Saint Jacques, en la calle de ese nombre, y pronto el dúo Leda y María comenzó a girar por los cafés y las boites de París, que era una fiesta, y cantó carnavalitos, bagualas y vidalas hasta llamar la atención de ese público de fieras que habitaba el famoso cabaret Crazy Horse. A esa época del music-hall parisino le debemos sus dos primeros discos de folklore, Chants d’Argentine (1954) y Sous le ciel d’Argentine (1955), y el magnetismo de su voz lisa, blanca y monótona.
Poco quedaba del debut, que había sido en un boliche escandinavo del que más vale no acordarse, y en París al fin y al cabo fueron cuatro años de éxito. Walsh era conocida y querida: hasta en el mercado la trataban como a una reina.
—Mademoiselle est artiste —comentaban los comerciantes.
Pero ya había ocurrido el golpe de Aramburu y en 1956 las cantantes decidieron volver a su país. Carroll, mientras tanto, escribía la versión definitiva de su gran obra de fantasía. En ella iban apareciendo el Conejo Blanco, la Liebre de Marzo, el Sombrerero Loco, la Oruga Azul, el Gato de Cheshire y la Reina de Corazones. Alicia recorría ese mundo subterráneo agrandándose y achicándose, con la curiosidad que mató a las ostras, y correteaba detrás del muy apurado Conejo Blanco que inmortalizó la hermosa película de Disney. La versión definitiva del libro, que salió el 24 de mayo de 1865, curiosamente no se vendió en Londres sino en Nueva York, ya que el ilustrador, John Tenniel, estaba insatisfecho con las impresiones.
De manera parecida al Buenos Aires del 56, el mundo neoyorquino de la época acababa de salir de la Guerra Civil y su juventud recibió a Alicia con el entusiasmo de quienes quieren refugiarse en la diversión del nonsense para escaparle a las tragedias de la realidad. No fue una actitud muy diferente a la de los niños argentinos que en 1960 descubrieron el primer libro para chicos de Walsh, Tutú Marambá, donde ya aparecen Doña Disparate, el Gato Confite, la Mona Jacinta, la Vaca Estudiosa de Humahuaca y muchos otros personajes entrañables. A veces hacía primero la letra, a veces la música y a veces el tema brotaba del rasgueo de una mujer que nunca estudió guitarra ni canto y que, según ella misma, era un desastre para la música.
Un desastre tan bello como el del Reino del Revés, que salió en 1963 y no puede sino hacernos evocar a Carroll. Aquí, como en París, Walsh vuelve a moverse en el País de las Maravillas, donde ahora los gatos no hacen miau y usan barbas y bigotes los bebés. Cuando escuchamos la canción y vamos a ver cómo es, no hay más que ponerse en los zapatos negros de Alicia para hacer volar la imaginación y bailar sin los pies o caernos para arriba y no poder bajar después. Y no es difícil leer cualquiera de las estrofas con la voz de la Alicia de vestido azul que dibujó Disney.
Carroll se marchó a su lugar de fantasía a los 65 años; Walsh al suyo a los 80. Quizá se encontraron allí, porque en el fondo el Reino del Revés y el País de las Maravillas son, como en las historias de Dickens que leía Walsh padre, dos ciudades que se superponen y entrecruzan en ese absurdo donde los niños pueden perderse para salir más creativos y más felices.
Aunque todavía bailen con los pies.
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