El ciego que nos enseñó a leer

El ciego que nos enseñó a leer
Cuando los editores de sección me pedían ideas para escribir una crónica o un reportaje y no se me venía ninguna a la cabeza, solía recorrer al viejo y confiable método de la efeméride literaria. Muchas veces me las tiraban por la cabeza, pero cuando hacía falta llenar una página del diario y no aparecía algo mejor me la aceptaban.
Sin embargo, creo que deberían haber intuido este rasgo de mi carácter en la entrevista laboral, cuando me preguntaron qué andaba leyendo y respondí que Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Zweig. También puede ser que los entrevistadores no supieran de qué hablaba. Pero un par de años después de que me fui de La Gaceta, me llamaron para pedirme algunas colaboraciones de verano y me dijeron que podía elegir los temas que quisiera.
Este homenaje, publicado en el aniversario de la muerte de Braille, el día de la persona no vidente (ese eufemismo que usan los que tienen problemas para darles a los ciegos y otros discapacitados la condición implícita de personas) o algo por el estilo, fue el primer resultado de ese derecho a escribir lo que se me cante.
Un derecho que, por cierto, terminó incomodando y no duró mucho.

La historia de Louis Braille

El inventor del sistema de lectoescritura que lleva su apellido fue un hombre brillante y sufrido

Esta nota fue una colaboración original para La Gaceta

En septiembre de 1771, Valentin Haüy, un erudito del Ayuntamiento de París, se horrorizó ante la situación de un grupo de ciegos que tocaba música en la calle para ganarse una limosna. “Haré leer a los ciegos, pondré en sus manos libros impresos por ellos mismos —se prometió entonces Haüy—. Trazarán los caracteres y leerán su propia escritura. Por último, los haré ejecutar conciertos armoniosos”. Era, en realidad, un presagio de lo que haría, medio siglo después, su gran sucesor, Louis Braille.

Hay al menos dos inventos de Haüy, un nombre olvidado, que marcaron el trabajo de Braille: el primero, su sistema de letras en altorrelieve, con el que algunos niños parisinos ciegos consiguieron aprender a leer; el segundo, el Instituto Nacional de Jóvenes Ciegos, al que esos chicos asistían. Era un edificio viejo en pésimas condiciones higiénicas y con escaleras tortuosas y carcomidas, o “un reto lanzado a la ceguera de esos desgraciados que solo pueden guiarse por el tacto”, según lo describió un médico en 1838.

Pese a todo, el Instituto de Jóvenes Ciegos sería el alma máter del joven Braille, que nació el 4 de enero de 1809 en Coupvray, un pequeño pueblo situado unos 40 kilómetros al este de París. Perdió la vista a los tres años, mientras jugaba en el taller de talabartería de su padre. La punta de una herramienta le lastimó el ojo derecho y luego la infección se extendió al izquierdo provocándole una ceguera irreversible. Una tragedia que, sin embargo, determinaría el rumbo de su vida.

El sistema de Barbier

Además de ciego, Braille padecía tuberculosis. Pero su frágil salud no fue un obstáculo. A los 13 años ya leía con el sistema de Haüy y escribía a lápiz. Aprendió así matemática, gramática y sobre todo música, actividad para la cual, como habría deseado Haüy, estaba especialmente dotado: tocaba el órgano, el violonchelo y el piano. Con ese bagaje arribó al momento decisivo: abril de 1821, mes en que conoció el sistema de Barbier.

Charles de Barbier era un militar y aventurero obsesionado con los lenguajes codificados. Ideó un código cifrado para el Ejército francés, la escritura nocturna, que permitía que los oficiales en campaña redactaran mensajes encriptados en la oscuridad y los descifraran con los dedos. Esta escritura empleaba el punto como elemento clave para generar el código de lectura táctil. Era su virtud principal, que luego sería tomada y desarrollada por Braille.

La escritura nocturna de Barbier había sido introducida en el Instituto de Jóvenes Ciegos durante los primeros años de Braille y no fue desplazada oficialmente hasta 1853, un año después de la muerte del inventor ciego. Y, sin embargo, ya en 1825 Braille había encontrado la fórmula que perfeccionaba ese sistema y lo hacía accesible a todos los ciegos.

Los seis puntos de Braille

El principal problema del sistema de Barbier era que no representaba el alfabeto sino grupos de sonidos de la lengua francesa. Además, contenía demasiados puntos (12), lo que dificultaba la lectura rápida. Braille, quizá más intuitivo, generó un sistema que permitía formar una imagen bajo el dedo. Son, como máximo, seis puntos, y se adaptan perfectamente a la yema del dedo para que el ciego pueda aprender la imagen en su totalidad, transmitiéndola al cerebro.

Braille publicó por primera vez los caracteres que integran su sistema en 1829, a los 20 años. Para entonces ya era maestro en el Instituto de Jóvenes Ciegos, pero al principio sus signos encontraron oposición allí, donde estuvieron prohibidos durante 15 años. Mientras tanto, muchos alumnos y algunos profesores ciegos del Instituto lo usaron de forma clandestina para redactar sus cartas, algunas de las cuales todavía se conservan. Gracias a la presión ejercida por ellos, en 1844 Braille fue por fin homenajeado y su sistema introducido. Convivió con el de Barbier algunos años. Lo desplazó definitivamente en 1879, cuando fue introducido por primera vez fuera de Francia.

El ciego que nos enseñó a leer murió de tuberculosis en 1852. Sus restos descansan en el Panteón de París, adonde fueron trasladados un siglo después de su muerte. Sus manos, sin embargo, permanecen enterradas en el cementerio de Coupvray junto a sus padres y sus hermanos.

Ellas son, al fin de cuentas, el símbolo de la lectura táctil que inventó.

Hernán Miranda

Hernán Miranda

Periodista y ejecutivo especializado en gestión estratégica y narrativa organizacional.