El arquitecto de casas y el filósofo de la arquitectura

El arquitecto de casas y el filósofo de la arquitectura
Figura. Eduardo Sacriste (centro) en su vejez, junto a dos alumnos.
Este perfil fue la nota central de un suplemento especial que salió en La Gaceta en octubre de 2019. Inés, una de nuestras fotógrafas, tuvo la genial idea de bucear por la vida de una figura algo olvidada o tan solo recordada por haber sido docente de César Pelli. Para valor la altura de Eduardo Sacriste basta con decir, creo, que Pelli consideraba que la Escuela de Arquitectura de Tucumán era en los años 50 la mejor del mundo.
Para escribir esta breve biografía me sumergí durante días en el Archivo del diario y pasé algunas noches en vela. Fue la primera vez que me permitieron opinar. Acostumbrado como estaba a transmitir información e interpretación, me costó encontrar adjetivos calificativos.
Pienso que el resultado fue, sin embargo, bastante decente.

Sacriste, el maestro

La historia de uno de los más brillantes profesores universitarios que trabajaron en Tucumán

Esta columna fue publicada originalmente en La Gaceta

No sólo figura como uno de los más originales y geniales arquitectos argentinos del siglo XX, sino que también se presenta como un brillante filósofo de la arquitectura. Como constructor de casas y edificios, Eduardo Sacriste introdujo el movimiento moderno en el país y lo tradujo a la luz de la geografía y la tradición del Noroeste; como pensador y maestro transmitió, por medio de su oficio, la sabiduría hoy cada vez más rara del hombre culto. Porque las reflexiones y enseñanzas de Sacriste llegan desde el arquitecto, sí, pero antes, y sobre todo, desde la profundidad de su espíritu.

Fue el segundo de los 10 hijos de una familia tradicional de San Isidro, en la Provincia de Buenos Aires. Nació allí el 17 de abril de 1905 y se crio yendo y viniendo en tranvía al liberal Colegio Bartolomé Mitre, que quedaba en Barrancas de Belgrano, a unos 20 kilómetros de su casa. A bordo de ese tranvía, el 38, Sacriste descubrió su vocación por la arquitectura. En el paisaje semiurbano de las afueras de Buenos Aires, que corría a través de la ventanilla dos veces por día, observó una ciudad que crecía en la orfandad, casual y mecánicamente, y comenzó a esbozar en su cabeza la indeclinable defensa de la cotidianidad que asumiría como misión de su vida.

Misión que, después de algunas idas y vueltas, emprendió por fin en Tucumán, adonde llegó en 1944 para dividir su tiempo entre el Departamento de Obras Públicas y la Escuela de Arquitectura. Si bien entonces proyectó, entre otros edificios, la inconclusa Ciudad Universitaria del cerro San Javier y el Hospital del Niño Jesús, Sacriste fue ante todo un constructor de casas. Su mirada se desvió siempre hacia el problema de la comodidad de la vivienda, que creía el más difícil. Y aquí aparece ya el Sacriste filósofo, aunque la filosofía de la arquitectura no exista como disciplina formal.

Porque en “¿Qué es la casa?” no se ocupa sólo de los modelos habitacionales, sino que responde una pregunta mucho más profunda: ¿qué busca el hombre cuando ingresa a su casa? “Normalmente busca su hogar —escribe—, el calor humano de la familia, un espacio adecuado para desenvolver parte de su vida, quizá la que en el fondo le resulta más importante. [...] Si la casa es ideal, responderá paso a paso a los requerimientos de su habitante. Será un hogar”.

Sacriste volcó esta pretensión en su vasta obra de casas para familias tucumanas. Pensaba además que la casa, lejos de adecuarse a un estilo, debe parecer surgida del paisaje, y llevó esta idea hasta el paroxismo en el hogar de fines de semana de los Torres Posse, una de sus obras más espléndidas, donde mimetiza los principios racionales de la arquitectura moderna con la impronta natural y cultural calchaquí de Tafí del Valle.

Nunca se casó. Cultivó las relaciones humanas hasta su último día, el 9 de julio de 1999. Había tomado la costumbre de hacerse amigo de sus clientes y alumnos, quienes han publicado más de una vez sus vivencias con él. De hecho, su libro más popular, “Charlas para principiantes”, es el resultado de la obstinación de una exalumna que atesoró sus lecciones en un grabador, las redactó y luego lo persiguió para que las corrigiera.

Durante 94 años Sacriste pensó un lugar para el hombre. Desalojó de sus casas la pretensión y la vanidad y se propuso crear hogares. Impregnó con su inteligencia y su sensibilidad el ambiente cultural de Tucumán y dejó una huella que la incultura urbana, de la que tanto se quejó, aún no ha podido borrar. En sus últimos años, cuando ya hacía tiempo que había dejado la tiza en la base del pizarrón, solía sorprenderse porque en la calle lo llamaban maestro: “¿Soy un maestro? ¿Eso dicen? Si ser un maestro es transmitir ideas simples y factibles, y no la retórica de la arquitectura, entonces sí, soy un maestro”.

Hernán Miranda

Hernán Miranda

Periodista y ejecutivo especializado en gestión estratégica y narrativa organizacional.